

EN 1939 fue, como pocos, de fogajes venidos del otro lado
del mundo. Dos barcos de bandera alemana emergieron del horizonte con una
inesperada carga de condenados a muerte. Venían de una desesperada ronda, sin
que ningún gobierno aceptara otorgarles refugio y con ello la única oportunidad
de salvarse de las garras del nazismo. Los barcos Caribia y Koenigstein habían
salido del puerto de Hamburgo con intensiones de atracar en Trinidad y
Barbados, sin imaginar que el destino los llevaría a dejar su molesto fardaje
en orillas venezolanas. La primera embarcación consiguió fondear en Puerto
Cabello el 3 de febrero de 1939, deshaciéndose de 86 judíos en su mayoría
alemanes y austríacos, mientras la segunda, con 165 pasajeros de semejante
linaje pero tras un peregrinaje mucho más desconsolador, lo hizo en La Guaira
el 8 de marzo. El General Eleazar López Contreras, entonces presidente del
país, debió imponerse ante un camaleónico gabinete y leyes que de manera
expresa prohibían la entrada de personas de raza no aria. Los judíos habían ido
a parar a la lista de inmigrantes «no deseables» —junto a los negros y
asiáticos— por ser considerados posibles monopolizadores del comercio y sospechosos
de espionaje nazi. Sin embargo, el que estos parias fueran legalmente
ciudadanos de países con los que Venezuela mantenía relaciones diplomáticas,
domeñaba cualquier asomo de racismo o antisemitismo y ponía en jaque la
negativa de otorgar visas. Gracias al sobresalto de la política inmigratoria
criolla, unos 7500 judíos entraron a Venezuela entre 1935 y 1950. En su primera
travesía del año 1939, el Caribia zarpó con una encomienda precisa: dejar en
cualquier puerto a los 86 judíos que, tal como los 350 alemanes no semitas que
hospedaba el barco, habían adquirido pasajes a un precio aproximado de 250
dólares. Se presume que el gobierno alemán pretendía echar a las aguas sin
rumbo fijo al contingente de judíos para demostrar al mundo que no sólo ellos
los rechazaban. Así, el 14 de enero el Caribia arrancó con todos los alardes gastronómicos y festivos
de un crucero turístico hacia Trinidad, su primer destino tropical, haciendo
antes escala en Amberes. En la isla los judíos no consiguieron la salvadora
visa, debiendo continuar viaje hacia La Guaira. Allí cuatro días más de ardua
faena burocrática fueron inútiles, por lo que el barco elevó anclas
dirigiéndose hacia Puerto Cabello en su habitual ruta, que incluía Panamá, San
Limón y Belice. En ese puerto, las noticias no fueron mejores. La comunidad judía apostada en la ciudad de
Valencia intentó movilizar sus influencias pero el buque tenía autorización de
permanecer en puerto sólo hasta las ocho de la noche, hora que el reloj marcó
tajante sin que el permiso del presidente López Contreras hubiera sido
recibido. El Caribia partió entonces hacía Curazao, bajo la mirada atónita de
los carabobeños y sosteniendo la desesperanza de quienes se sabían echados al
vacío. Sin embargo, dos horas después de surcar alta mar, la autorización
presidencial llegó a Puerto Cabello y una señal de radio comunicó las buenas
nuevas. Los pasajeros debieron suplicar al capitán, quien a regañadientes giró
el timón. Había una madrugada profunda cuando el Caribia se acercó de nuevo a
las costas venezolanas. Cuentan que en Puerto Cabello no había luz suficiente
para que un barco de esa magnitud atracara, por lo que fueron encendidas las
bombillas de cada una de las casas del pueblo y de cuanto camión y automóvil
fue posible. Esa noche los agotados y resurrectos viajeros fueron recibidos por
la banda de la policía y cobijados en pensiones del pueblo. La prensa de la
época reseñó ampliamente la llegada de estos judíos enarbolando la idea de justicia y
conveniencia para Venezuela y describiéndolos como «gente de trabajo y en
posesión de utilísimos conocimientos científicos e industriales. Plasmada una
acuarela de inocencia antropologizante, el 12 de febrero el diario La Esfera
señaló: «La impresión que dan, al verlos por primera vez, es sumamente
agradable. A lo largo de los sesenta
años transcurridos desde la llegada del Caribia, la nostalgia ha tejido
innumerables mitos. Desde el mar
intentaron enviar telegramas al presidente de los Estados Unidos pidiendo refugio,
pero nunca contestaron .oraron por un
telegrama dirigido al General Eleazar López Contreras, firmado en nombre de la
Sociedad Israelita por su presidente, Manuel Holder, con fecha 3 de marzo de
1939. Quizás a la misma hora en que el General desdoblaba con curiosidad el
telegrama, en su despacho se encontraba un grupo de representantes de la
comunidad judía caraqueña. El 4 de marzo la Sociedad Israelita acusó recibo de
un telegrama firmado por el propio López Contreras en el que informaba haber
pasado el asunto a consideración del Ministro de Relaciones Interiores. Sin
embargo, debieron pasar 4 días más antes de que los náufragos pudieran pisar
suelo libertador. «Nos preocupaba qué hacer con los 165 judíos, dónde
llevarlos. El 8 de marzo todo estaba
preparado en la hacienda cafetalera, ubicada en el kilómetro 32 de la carretera
Petare-Guarenas: Las 46 familias, 18 niños y 46 solteros fueron recibidos por
un grupo de correligionarios y de inmediato transportados en autobuses hasta
Mampote, doña María Teresa Núñez Tovar de López Contreras, apareció en el
escarpado terreno con un camión lleno de víveres, gesto que le valió años
después una condecoración de la Unión Israelita de Caracas. La transitoria vida
en Mampote se fue amoldando al oleaje de los días. Agradecidos ante la bondad
del gobierno y el pueblo venezolano. El clamor popular expresado por la prensa aludía a que los
judíos se quedaran en el país: «Es la voluntad de la Nación, es el sentir del
pueblo, de ese pueblo que los recibió entusiastamente en La Guaira y que los
visita continuamente en su refugio de Mampote. Venezuela necesita gente
laboriosa y honrada y los judíos lo son. Pues que se queden, en buena hora,
compartiendo nuestra tierra y nuestro cielo, comiendo nuestro pan y disfrutando
del afecto nacional. En la bitácora
presidencial y vital del General Eleazar López Contreras el incidente de los
barcos alemanes ha sido poco resaltado, aunque no olvidado por su biógrafo. López
Contreras era un hombre sumamente justo y honesto. El presidente López llevó
una vida de trabajo, de enfrentarse a muchas dificultades. Viajó mucho y
conoció a venezolanos muy diversos y eso le permitió tener un grado de
comprensión del ser humano. Además, por su formación intelectual era respetuoso
de las libertades y los derechos ajenos. Un hombre enérgico, pero también
liberal y democrático. Quienes sobrevivieron al desafuero nazi gracias a la
suerte de los barcos Caribia y Koenigstein, no cesan de reiterar que le deben
la vida al General López Contreras: «De no ser por la hospitalidad venezolana
serían hoy ceniza, un número olvidado entre los 6 millones de judíos que
arrastró el Holocausto.